REFRANERO CASTELLANO Y
LITERATURA
INTRODUCCIÓN
Los refranes, esos enunciados breves, condensados y
sentenciosos, y de sabiduría petrificada, son tan añejos como la palabra; tan
numerosos que disponemos de un refrán para casi cualquier situación de la vida.
Tan pronto nos dan la razón como nos la quitan (“Decir refranes es decir verdades/ Refranes, herencia de gañanes”),
y es que cada refrán suele tener otro que sostiene exactamente lo contrario (“El trabajo mata al asno, pero no al amo/ El
trabajo no mata a nadie/ El que no llora, no mama/ Oveja que bala, bocado que
pierde”). Certeros, precisos, vagos, enigmáticos, lapidarios... ¿Son
verdades universales o evidencias particulares elevadas a máxima?
El refrán es filosofía de urgencia, expresada en una frase
elíptica, sentenciosa, normalmente con la forma de las cláusulas rimadas, que
permite recordarlas con gusto. Su aceptabilidad se basa en que se presumen
hijos de la experiencia. El refrán se engendra de la experiencia, que es la “madre
de las ciencias”; el autor anónimo plasmaría su experiencia e ingenio, sus
costumbres y supersticiones en el refrán; pero existen otras fuentes: las
fábulas y apólogos, los romances y coplas populares, la historia, la
superstición, y el espíritu de raza, país, pueblo (“Valderas, pon la copa donde la veas, que vendrán los de Villamañan y te
la quitarán”) además de los autores clásicos grecolatinos,
Hay que
reconocer que para algunos los refranes son sólo manifestaciones del ingenio y
la creatividad populares, cuando no del simple gracejo populachero o, en tono
más despectivo, reliquias lingüísticas anquilosadas, propias de sociedades
ancladas en el pasado (“Andrajos de
pensamiento para embozo de haraganes”, sentenció Unamuno).
Sin
embargo, para otros lo refranes no son sólo la quintaesencia de la personalidad
cultural de los pueblos; son, además, elementos vivos vigentes, actuales y en
evolución del lenguaje popular. Como demuestran la filosofía, la religión, el
arte o la literatura, las preocupaciones, dudas y verdades íntimas del ser
humano se han mantenido más o menos sin variaciones a lo largo de la historia,
formando el entramado constante del hombre, su tejido más íntimo, en cuya
urdimbre colaboran los refranes. Ya lo dijo Francis Bacon: “El genio, agudeza y espíritu de una nación
los describen los refranes”.
Cierto
que la gran mayoría de los refranes nacieron en un contexto cultural muy
diferente del actual y, por tanto, reflejan una realidad social e ideológica
absolutamente distinta; pero no por ello han perdido veracidad muchos de ellos,
puesto que se refieren a componentes constantes del comportamiento humano. No
hay que olvidar la enorme riqueza y versatilidad del refranero, que siempre
ofrece varias opiniones contradictorias y complementarias sobre un mismo
aspecto de la vida.
Se ha dicho que el
pueblo poetiza todo aquello que
vive, que contempla, que conoce o que sueña. De ahí que –como señala
acertadamente J.L.Puerto- toda la
vida popular esté imantada por la poesía: tanto el cielo como la tierra, tanto el mundo de los animales como
el del ser humano. Y hay un tipo de poemas que
el pueblo, de modo anónimo, crea, recrea y transmite oralmente, que desempeñan
un papel importante tanto en la vida de los adultos como en la de los niños.
Son poemas breves que caben en el pareado, en la copla, en la
seguidilla...Suelen aparecer en momentos de la vida comunitaria más marcados por la cotidianidad,
ya sean éstos de ocio, de juego o de labor. Son poemas que podemos denominar
como “géneros poéticos menores”; entre ellos se encuentran los refranes,
las retahílas o fórmulas rimadas, los dictados tópicos, las adivinanzas,
los trabalenguas, etc.
El refrán es, de
todas las tradiciones orales breves que se apoyan en lo poético, o al menos en
lo rítmico, la más viva y presente en el campo social, aunque se halle en un
cierto retroceso, dentro de un proceso social de cambio, ya consolidado, de las
formas rurales de vida a las urbanas.
1.- CONCEPTO. ASPECTOS LITERARIOS Y
LINGÜÍSTICOS
Delimitación conceptual: La palabra refrán es
una voz que asimiló nuestro idioma de la francesa “refrain”, significando
estribillo de donde derivó su acepción actual de proverbio por lo habitual que
era que el estribillo, de muchas canciones estuviera formado por expresiones
proverbiales.
De los vocablos
refrán, proverbio, sentencia, fábula, adagio, moraleja, todos nos hemos servido
en alguna ocasión y probablemente aplicándolos a contenidos distintos. En
general, todos ellos pueden responder a un amplio y común sentido: el de
propiciar una fórmula, un modelo de conducta lingüística que por parte del
hablante le redima de la obligatoriedad de la creación léxica y por parte del
oyente le sugiera un mensaje connotativo, que evoca en el receptor las imágenes
de su propio mundo.
Ya Miguel de
Cervantes puso en boca de don Quijote estas palabras: “los refranes son
sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros sabios;
y el refrán que no viene a propósito, antes es disparate que
sentencia.”(II,67). Apunta Cervantes dos características esenciales: sentencia
breve y experiencia; además, nos da un consejo: hay que aplicar el refrán en el
momento oportuno.
Para el Diccionario
de
Estas últimas
definiciones permiten ya deducir algunas de las principales características del refrán:
-Se trata de una
frase cabal e independiente, casi siempre breve, transmitida generalmente por
vía oral, y conocida , aceptada y utilizada por casi todos los individuos de un
determinado ámbito geo-cultural.
§
Su autor es, por definición, anónimo, por lo que su
origen es casi siempre desconocido.
§
Recoge y expresa una conclusión didáctica tomada de una experiencia repetida y común
a muchos.
§
Está escrito, por lo común, en forma sentenciosa y
elíptica, y muy a menudo en tono jocoso, expresando un pensamiento, un consejo,
una admonición o un deseo.
§
Tiende a provocar una cierta extrañeza mediante su
planteamiento, en su forma o en su sonoridad, para facilitar su comprensión y
su memorización.
§
Por lo común, está formado por dos frases, a menudo
simétricas, que suelen corresponderse recíprocamente, tanto en forma como en
fondo. No obstante, con el paso del tiempo, muchos refranes han perdido su segunda parte, por lo que se utilizan hoy
en forma abreviada.
§
Se suele servir de numerosos recursos estilísticos
(metro, rima, ritmo, figuras retóricas...)
Siempre se ha
cuestionado la diferencia entre refrán y otros términos semejantes.
Sbarbi precisa de forma sentenciosa:”El dicho,
o es vulgar o no; si lo primero, toma el nombre de refrán; si lo segundo, el de adagio o proverbio...El refrán es, por lo
general, festivo; el adagio, doctrinal; el proverbio, histórico”.
J.L.Puerto distingue
rasgos tanto de contenido como de expresión. Entre los primeros
advertimos cómo el refrán codifica el
saber y la conducta de una comunidad, cifra la sabiduría popular, proclama
verdades pretendidamente eternas, de ahí su tendencia a la generalización;
tiene una doble función: sapiencial y moralizadora, por una parte y, por otra
lúdica, relativizadora y crítica, y es polisémico. Entre los rasgos expresivos
ya hemos señalado la estructura bimembre, el uso de la rima, la aliteración, la
entonación propia y autónoma, la sintaxis fija...Rasgos sintácticos llamativos
son la ausencia de antecedente o artículo (
boda sin borracho, téngolo por milagro ), el orden anormal con anteposición
de complementos del verbo (El jueves por
El problema lingüístico.- La lengua de los refranes y con ella su
sintaxis dista mucho de adaptarse a lo que conocemos como “léxico estándar” y
“estructuras sintácticas comunes” del español actual. Por ello seguramente nos
equivocaríamos si creyésemos que las peculiaridades propias del Refranero son
debidas a los períodos de fijación de las sentencias (por lo tanto arcaísmos) o
su lugar de procedencia ( y, por lo tanto, dialectalismo). En la mayoría de las
ocasiones los pretendidos arcaísmos que suenan como tales al hombre actual,
sonaban igualmente extraños al hombre de la época de fijación del refrán; es
decir, este pretendido resto fosilizado en el interior de un refrán o una
sentencia no es tal sino un elemento extraño, un artificio lingüístico
alienador.
El artificio, la nota léxica original, ajena a la lengua,
tendrá por misión la de extrañar el mensaje y acuñarlo en la memoria. Otra
posible razón de estas creaciones léxicas extrañas a la lengua de fijación del
refrán es en buena medida la de facilitar la rima cuando ésta es necesaria para
el refrán. En efecto, la inmensa mayoría de los refranes pertenecen por su
construcción métrica y por su entonación, así como por su peculiar rima
interna, a unos esquemas-tipo prefijados. Unas cuantas fórmulas cobijan la casi
totalidad de los refranes: expresiones como quien...
/... con estructuración isosilábica ( Quien
mal anda / mal acaba ) bimembre, esquemas como el a buen... / mal... , y otros del tipo donde... / ... también de estructura bimembre, responden en su
mayoría a fórmulas rimadas y exigen, por lo tanto, que su léxico se adapte a
estas necesidades. Cuando esto no se logra siguiendo la estructura “normal” del
léxico, se recurre a la invención, a la creación ( La viña que no se planta despacio / antes de un año dará agrazo ).
Pero no termina ahí la innovación del refrán. En igual medida
que en el campo léxico, en el sintáctico el refrán rompe la norma, desborda e
incumple las realizaciones sintácticas propias de la lengua estándar e invade
el campo de la creación intencionada; pero una vez creada la fórmula nueva,
pasa a fosilizarse y se repite una y otra vez estereotipada.
Características formales.- El refrán- asegura Torrente Ballester-es un
objeto estético que puede ser estudiado como tal, prescindiendo de sus
contenidos morales o de sus consejos prácticos. Como tal objeto estético nunca
pasará de moda… su forma, sus métodos de síntesis verbal, su uso, a veces
violento, de las palabras será tema de curiosidad y estudio.
“La riqueza de formas de los refranes es maravillosa – afirma
Julio Cejador – en lo ingenioso y profundo, en lo socarrón y lo grave, en lo
sentido y sentencioso, en lo chistoso y severo, en lo cortado y dramático.
Cuanto a la métrica, tiene parte de paralelismo, la aliteración, la
acentuación, el número de sílabas y la rima. La rima la busca el pueblo en los
refranes ; pero el metro nace como exigido por la expresión misma
espontáneamente”.
El refrán, generalmente, es breve y conciso, característica
fundamental para retenerlo en la memoria ( A pan duro , diente agudo ; Amor de niño, agua
en cestillo ). El pueblo quiere sintetizarlo todo ; es deliciosa la
manifestación de su pensamiento, refundido en sólo dos voces enérgicas cargadas
de significación : Ocasión , tentación ;
Mundo, inmundo ; Sociedad, suciedad ;
Servil , ser vil ...
Es la brevedad inherente a esa reflexión en que el refrán
sintetiza una doctrina o una norma práctica para la vida la que garantiza su
adaptación en el tiempo pese a notorias contradicciones en sus testimonios
("Al que madruga, Dios le ayud. No
por mucho madrugar... “) o a lo obsoleto y machista de su pensamiento
("La mujer y la sartén en la cocina están bien. El hombre se casa cuando
quiere y la mujer cuando puede").
Otra nota característica son las asonancias, documento de
identidad de los refranes; el pueblo prefiere frecuentemente lograr las
asonancias a cumplir los preceptos gramaticales (Ninguna cosa hay tan dura que el tiempo no la madura); también
altera y barbariza otras palabras (El
tiempo cura al doliente, que no el
ungüente).
Varios son los recursos que
utiliza el refrán para “extrañar” el mensaje y acuñarlo en la memoria: el
metro, la rima, la distribución acentual ; pero no siempre se dan a la vez, a
veces falta alguno, generalmente el metro, ya que en los refranes se atiende más
a la rima ( De borracho a loco / va muy
poco. El sueño y la muerte / hermanos parecen ).
La variedad de combinaciones métricas y rítmicas es asombrosa.
De tres sílabas (Vecina, bocina), de
cuatro (El bien anda, el mal corre),
de cinco (A cuentas viejas, barajas
nuevas ), de seis ( El buen cirujano,
cortar por lo sano ), de siete ( El
arado, rabudo / el arador, barbudo), de ocho ( De cuarenta para arriba / no te mojes la barriga ).
El refranero es una fuente inagotable de figuras retóricas , recursos que cooperan a su fijación memorística
: anáforas ( Juegos de manos , juegos de
villanos ), reduplicaciones (El
castellano fino, el pan pan y el vino vino), aliteraciones ( Curso, casamiento y caída quitan al viejo
la vida ), juegos de palabras ( Blas, si por malvas vienes, mal vas ),
paronomasias (Bachiller, bala, chilla y
sabe lee ), metáforas ( Del árbol caído todo el mundo hace leña ),etc.
Por otra parte, el ritmo se ofrece como garante de su
independencia tonal y de su invertebración interna. La marcadísima estructura
rítmica de los refranes casi nunca falla, aunque es muy variada: va desde el pareado perfecto hasta sartas
organizadas por recurrencias más o menos regulares. La distribución acentual es
factor constructivo deliberado, al servicio de la fijación memorística de los
refranes. Ya hemos visto que una característica rítmica muy constante en el
refrán es su disposición bimembre, con
sus cláusulas rimadas. No es preciso el isosilabismo de los miembros,
pero sí el relieve de la pausa
intermedia, como llamada de atención para la rima. La rima, recordamos, está al
servicio de la consolidación y autonomía
del refrán, en cuanto mensaje literal, y revela hasta qué punto son secundarios los
efectos eufónicos secularmente
atribuidos a la lengua literaria-apunta Lázaro Carreter-; se cae así, demasiado
frecuentemente, en el ripio.
El acervo proverbial español es enorme. Los refranes, transmitidos oralmente de
generación en generación, creación típica
de la lengua hablada, como los cuentos, cantares o romances, pasaron
pronto al papel. Ya en el siglo XIV podemos situar la “prehistoria” de los
refranes en castellano, pues nos encontramos con las primeras citas literarias
de refranes: el Arcipreste de Hita los
intercala de continuo en su obra,
denominándolos de diferente manera: fabla, fablilla, proverbio, fazaña,
retraire...Don Juan Manuel siembra asimismo
sus escritos de algunos refranes, aunque se sirve en mayor medida de los
proverbios o fabulillas a modo de
consejos didácticos, no necesariamente de naturaleza popular.
En el siglo XV aparece
la primera colección de refranes: se trata de la obra del Marqués de Santillana
“Refranes que dicen las viejas tras el fuego...”,
recopilación ordenada alfabéticamente. Pero será en el siglo XVI, sobre todo a
partir de la aparición de los “Apotegma”
de Erasmo, cuando aparece la corriente
recolectora y clasificadora. Juan de Valdés en su “Diálogo de la lengua” reproduce buen número de ellos, aunque sin
intención de catalogarlos. Para encontrar esta intencionalidad debemos señalar a Juan Rufo y sus “Seiscientos
apotegmas”, refranes
glosados. Hernán Núñez de Toledo, el Comendador Griego, escribió una
recopilación titulada “Refranes o
proverbios en romance” (Salamanca, 1555) que gozó de la mayor celebridad.
El toledano Sebastián de Horozco dejó una colección inédita de refranes
glosados en verso, “Teatro universal de
proverbios”, publicada por
Y no dicha de cualquiera
Mas de persona de sciencia
Sacada de la esperencia
Por muy cierta y verdadera.
Los refranes al grosero
Le hacen sabio y artero
Y aunque pareçen consejas
No hay refrán aunque de biejas
Que no sea verdadero.
El sevillano Juan de
Mal-Lara, discípulo de Horozco,
publicó en 1568 “Philosophia
vulgar”, colección de refranes glosados. Otro estudioso y coleccionista,
Melchor de Santa Cruz, publicó en 1574 su “Floresta
española de apotegmas...”. Curiosa es la obra del doctor Juan Sorapán “Medicina española contenida en proverbios
vulgares de nuestra lengua”(1616).
También en la mayoría de nuestros
clásicos F. de Rojas (“
El refranero de Sancho.- Los refranes se encuentra diseminados en el Quijote. Cervantes
hizo a don Quijote y, especialmente, a Sancho Panza voceros de tan peculiar
recurso, y él mismo no pudo resistirse al encantamiento de su uso. No sólo el
autor, sino la mayoría de los personajes tienen a gala estar al corriente de lo
que los refranes proponen y significan: la sobrina de don Quijote, su ama de
llaves, Teresa Panza, el cura y el barbero, Sansón Carrasco, Maritornes,
Gardenio, Ginés de Pasamonte, la hermosa Dorotea... nadie está libre del influjo de los refranes, ya
sea para afirmar una cosa o para desmentirla, o para iluminar el universo con
una chispa y apagarlo después con un chaparrón de ocurrencias y socarronería.
Sancho
utiliza muchos refranes y frases hechas; es un fenómeno normal en el lenguaje
coloquial y vulgar. Por otra parte, reflejan la filosofía popular y el
pragmatismo de este personaje. Contrasta, además, con la lengua más refinada de
don Quijote. Sancho reivindica constantemente su derecho a usarlos. “¿A que diablos se pudre de que yo me valga
de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y
más refranes?”
Suelta
su primer refrán así: “Como dicen, váyase
el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza”. Será en el cap. 25 de
Cervantes se adueña definitivamente del recurso del chaparrón
refraneril y como estímulo cómico, cuando lo ha hecho pasar por boca de Teresa
Panza. En el coloquio de Sancho con su mujer del capítulo 5 de
Más
adelante, don Quijote pregunta al escudero qué piensa su mujer de la nueva
salida; y él contesta: "Teresa
dice... que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que hablen cartas y callen
barbas, porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma que dos te daré.
Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no lo toma es loco"
(II, 7). Esta réplica representa el trasvase definitivo de la catarata
refraneril de Teresa a Sancho; ella ha dicho una sarta de refranes; él
dice-"y yo digo"-otros
refranes: el anudamiento se ha producido, y el escudero es ya dueño del
artificio. Don Quijote afirma: "Y
advertid, hijo, que vale más buena queja que mala paga. Hablo de esta manera,
Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como
llovidos" (II, 17).
Esta
propiedad del lenguaje de Sancho se hará ya consustancial con su persona: “No tengo otro caudal alguno, sino refranes y
más refranes", declara más adelante. "No sé decir razón sin refrán, ni refrán que no me parezca razón".
Y así ha pasado Panza a la historia de nuestra lengua artística: como portavoz
de un "costal de refranes en el
cuerpo".
Tan
importantes son los refranes en el Quijote que si el primero que se cita tiene
que ver con la muerte ("Váyase el
muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza"), el último, en boca de
un Quijote ya agónico, tiene también una despedida triste por argumento: "Ya en los nidos de antaño no hay pájaros
hogaño", dicho que remata con esta proverbial clarividencia: "Yo fui loco, y ya soy cuerdo"
Mención aparte merece la valiosísima
colección del salmantino Maestro Gonzalo de Correas: “Vocabulario de refranes y frases
proverbiales” (1627), publicada por
De
Gonzalo de Correas sacamos una pequeña ristra de refranes estudiantiles:
El discípulo que no duda, no sabrá jamás cosa
ninguna.
El que desea aprender, muy cerca está de
saber.
El que quiera saber, que vaya a Salamanca.
Quien quiera saber, a Salamanca a aprender.
Quot natura non dat, Salmantica non prestat.
Salamanca no hace milagros; el que va jumento,
no vuelva sabio.
En Salamanca estuviste, de Salamanca volviste
y tan asno estás como fuiste.
Estudiante memorista, loro a simple vista.
Libro cerrado, no saca letrado.
Para saber, no basta leer: hay que andar y
ver.
Nadie es tan ignorante que no sepa algo, ni
tan sabio que lo sepa todo.
Necio letrado, necio doblado.
Quien de su saber más se paga, más pronto la
caga.
Quien más sabe, menos presume.
Bachiller en Medicina, confunde el vino con la
orina.
Bachiller en malas artes, sabe andar solo por
todas partes.
Bachiller, bala, chilla y sabe leer.
Frente al ilustrado siglo XVIII, que recomienda desechar los refranes, desde el
desprecio por lo popular, el siglo XIX, con su tendencia romántica, pone los
ojos en el habla popular y la tradición refranesca. Aparecen nuevas
aportaciones y nuevos estudios de figuras como Fernán Caballero, A.Machado y
Álvarez, José Mª Sbarbi (“El libro de los
refranes”, “ Refranero general español...”, publicado en diez volúmenes en
1874-78), o F.Rodríguez Marín, que inventarió en cuatro volúmenes “Más de 50.000 refranes no contenidos en la
colección del Maestro Correas” (1926). Respaldado por Rodríguez Marín, en
1953 publicó Martínez Kleiser el “Refranero
general ideológico español”, ingente tarea de ordenación y clasificación
del material paremiológico existente.
Numerosas colecciones contemporáneas aparecieron en el siglo XX
además de las anteriormente citadas: el “Refranero
castellano” (1927-1929) de Julio Cejador ; el “Refranero sobre la medicina y la alimentación” de Castillo de
Lucas; el “Refranero sobre la mujer”
(1953) de Jara Ortega; el “Refranero
agrícola” de Hoyos Sancho; el “Refranero
filosófico” (1962) del leonés León Murciego, el “Refranero sociológico” (1971) de Combet ; o , en fin, el “Refranero español” de M.J. Canellada .
Se han editado también recopilaciones por áreas geográficas o por comarcas y
regiones ; así, “Dichos populares
castellanos” , “Los refranes en la sabiduría popular” de Díez Barrio ; el “Refranero temático castellano” de
Juliana Panizo.
Menos
numerosos son los estudios realizados acerca del refranero, más atentos a su
presencia en obras de la literatura española. Así, de los refranes en el
Quijote se han ocupado Américo Castro y Amado Alonso; de los existentes en las
creaciones de Lope de Vega, Caravaggio y Hayes; de los de “
3.- ASPECTOS SOCIOLÓGICOS Y DIDÁCTICOS
Verdad y mentira del refrán.-
A pesar de que el mismo Refranero sale al paso de cualquier
acusación de falsedad con sus sentencias(No
hay refrán que no sea verdadero. Tantos refranes, tantas verdades), nos
encontramos muchas veces ante el dilema
de creer
que realmente sus consejos y
sentencias son “Evangelios chicos”,
o bien poner en tela de juicio sus verdades, al parecer, irrefutables.
Cuando nos sumergimos en el mundo de los refranes, tan variado y numeroso,
debemos aguzar nuestro sentido crítico, ya que
es desde luego imposible que todos, muchos contradictorios y otros en
franca oposición con las leyes de la lógica, encierren el mismo grado de
verdad.
Los refranes agrícolas merecen
mayor disculpa o justificación en
sus contradicciones, por lo heterogéneo de los pueblos, paisajes, climas y
tradiciones peninsulares. Pero en los refranes
con intencionalidad claramente moralizadora, las contradicciones no se
justifican por razones geográficas, sino
por responder a criterios propios de la persona o grupo social propagador del
refrán. Sería interesante que la moderna Pragmática se ocupara del uso, contextualización e
intención de la paremia, y de las condiciones de su enunciación..
La veracidad de otros muchos refranes viene condicionada en gran medida por el momento histórico de su nacimiento o
fijación. Las mayores discrepancias podemos encontrarlas a la luz del progreso
científico y tecnológico contemporáneos. Por ejemplo: Aventar sin viento y parir antes de tiempo no puede ser. Los
adelantos de la tecnología agrícola y de
la medicina ginecológica lo han
desmentido.
Sin embargo, en opinión de Díez
Barrio, ni los refranes supersticiosos (En martes, ni te cases ni te embarques) ni los contradictorios (A quien madruga, Dios le ayuda / No por
mucho madrugar amanece más temprano), ni los que critican o ensalzan desmesuradamente las cualidades de
los pueblos y sus habitantes (Si vas
a Valderas pon la copa donde la veas...) son suficientes para negar el valor positivo de los refranes.
Razón y pervivencia.
La razón del refrán
hemos de buscarla en las causas que motivaron su nacimiento. Algunos refranes son realmente sólo informativos, fichas
mnemotécnicas, órdenes o pautas de trabajo que representan el caudal de conocimientos, de cultura, transmitido por
tradición oral. Sin embargo, de esta primera motivación informativa puede,
a través de una pérdida de
especificidad, pasar a significar conceptos de orden moral o
espiritual mediante la trasposición metafórica de su contenido semántico.
Pero la verdadera
justificación del refrán es la de
transmitir ideología. El refrán como forma de presión social y de coacción es
norma impuesta por todos y para todos sin que su sospechosa ideología altamente
conservadora nos informe de cuáles son sus inspiradores. Desde luego no fueron
las mujeres, porque son las peor tratadas por el Refranero (aunque su
inconsciente masoquismo las llevase a propagarlo). Hay un refrán para cada
hombre y cada ocasión, y aunque su ideología represora extiende su influencia
mayoritariamente entre las capas populares que se sirven de ellos con más
asiduidad, su código de conducta va
dirigido a la generalidad de los hablantes de una lengua, que los reproducen y
perpetúan.
En relación con la pervivencia,
nos preguntamos sobre la repercusión
real de estos refranes en la lengua hablada actual, su uso y difusión en
nuestra sociedad. El lector experimentado en sí mismo como hablante de su
lengua habrá podido reconocer como propias algunas expresiones o unos cuantos
refranes, de entre ellos posiblemente se sirva o se haya servido de un cierto
número en sus conversaciones, y el resto, el numerosísimo resto de paremias, le
son desconocidos.
Quizás no sean los refranes los que el hablante español emplea
con mayor frecuencia en la actualidad, pero si dejamos aparte la terminología diferenciadora y hablamos,
con los modernos lingüistas, de lexías textuales, discursos repetidos o
estructuras estereotipados, veremos que éstas continúan siendo moneda común en
nuestra sociedad. Basta seguir atentamente
la prensa, sobre todo los artículos de opinión, la radio, y los mensajes
publicitarios para comprobarlo. Se valen de frases hechas y de expresiones
tipificadas los locutores, los personajes entrevistados, los artistas y los
políticos.
Los
refranes son valiosos por su expresividad, forman parte de la retórica
práctica, la de las conversaciones comunes. Varias son las funciones de los
refranes: son excelentes lubricantes de la conversación, tienen la ventaja de
su capacidad de síntesis y, además, el depósito de los refranes viene a ser
como una tradicional botica donde se guardan las recetas de la sabiduría
popular, recetas para comprender la naturaleza y para estudiar el género
humano. Proporcionan un gran sentimiento de solidaridad intergeneracional; al
final lo que nos une con nuestros antepasados es un modo de ver el mundo a través de la lengua, aunque sea más bien negativo (parece que la
dimensión moral del hombre se explica mejor por el lado de los pecados que de
las virtudes).Por encima de todo, lo peculiar del método de los refranes y las coplas es que
explora el territorio de los deseos
cuando se propone trazar el carácter social. Por ahí llegamos al esquema moral de los valores
-puntualiza el sociólogo Amando de Miguel- no tanto en el sentido de los
ideales como en el de las prescripciones para la vida práctica.
Lo fundamental
de los refranes no es su mera existencia como puede ser la de cualquier otra
expresión literaria, lo que les da cuerpo y entidad es que los españoles
actuales, al escucharlos en una conversación, los reconozcan como suyos. Los
atractivos de los refranes son múltiples: está el gusto del español por lo
conceptuoso o la seguridad que proporciona el tener recetas para muchas
situaciones vitales. La función de darnos seguridad se percibe muy bien en el
refranero meteorológico; como es natural en un país, que es casi un secarral,
los refranes se concentran en predecir la lluvia o la nieve. Hay refranes con
gracia, socarrones, que saben sacar punta de la incapacidad predictiva de los
dichos tradicionales: "Cuando la luna sale cornialta y el sol se pone en papirucho,
o llueve poco o llueve mucho o no llueve nada, o se queda el tiempo como estaba”.(Toro.
Zamora)
Lo que
no se puede hacer es despreciar el género refranesco como mínimo y vulgar; algo
que ha ido decantándose con los siglos tiene que merecer algún interés. No es
casualidad que la gran obra de la literatura castellana, el Quijote, haga una
finísima aplicación de los refranes. ”Paréceme,
Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias
sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente
aquel que dice: Donde una puerta se
cierra, otra se abre” (Quijote, I, 21)
Carlos Álvarez Matilla
Depto. de Lengua
Castellana y Literatura
León, 30 de mayo de 2007
APÉNDICE
______________________________________
Religiosidad
popular en el refranero.
El Refranero suele ser más mordaz, menos piadoso
con los personas que con las instituciones.
Curas frailes y
monjas.
Con los curas a
solas nunca te quedes, porque aunque llevan faldas no son mujeres (el histórico celibato hace que
todo tipo de relación entre curas y mujeres esté empañado por la sospecha).
Nunca les falta que
hacer al cura, diablo y mujer.
Abad de aldea,
mucho canta y poco medra. Olla de cura, de veinte buenas cosas sepultura
(Refranes contradictorios; parecen resonar los ecos de las bodas de
Camacho).
Gente de sotana,
nunca pierde y siempre gana.
Caga el rey, caga
el papa; sin cagar nadie se escapa (Una versión menos escatológica sería: "sufre el rey...." Resume aquí la
forzosa igualdad de las Danzas de
Cuando se muere un
fraile, dicen los demás: un enemigo menos, una ración más.
Frailes y monjas,
del dinero esponjas.
Mujeres.
La mujer estudió
con el diablo y mil veces lo ha engañado.
Los enemigos del
hombre son tres: demonio, suegra y mujer.
A quien Dios quiere
bien, se le muere joven la mujer; y a quien quiere mal, le dura una eternidad.
Dios y los santos.
A quien Dios no le
da hijos, el diablo le da sobrinos.
Hágase el milagro y
hágalo Dios o el diablo.
Rogar al santo
hasta pasar el tranco. Pasado el tranco, olvidado el santo.
San Dinero, el
santo más milagrero.
Prácticas
religiosas.
No creas sino lo
que veas, y aun de lo que veas, la mitad no creas.
A mi prójimo
quiero, pero a mí el primero.
Lo mío, mío y lo
tuyo a medias.
La oración y la
visita, sabrosa y cortita.
Más vale taco bien
echado, que padrenuestro mal rezado.
Si en el sexto no
hay perdón, y en el séptimo no hay rebaja, ya puede llenar Dios el cielo de
paja.
Pocos ricos en el
cielo habrá; la gloria ya la tuvieron acá.
Largos sermones más
mueven los culos que los corazones.