PALABRAS QUE ME HAN SEGUIDO

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

 a mis alumnos de 2º de Bachillerato del curso 2004 / 2005

a N.

        De la misma manera que hay canciones que nos persiguen –todos tenemos una íntima banda sonora donde reconocemos episodios de nuestra vida- y obsesiones que se acostumbran a envolvernos en sus pertinaces madejas negras y hasta sueños que no acaban de desentenderse de nosotros y a los que permanecemos cosidos irremediablemente, también puede suceder que haya palabras que, como las ratas de aquel flautista de Hamelin, nos sigan los pasos hasta el final, se queden con nosotros durante más tiempo del previsto y nos acaben condicionando la vida. A mí me sucedió. Soy, permitidme el chiste, “un hombre de palabra”. O de palabras.

        El escritor argentino Jorge Luis Borges, el gran Borges, decía que si algún día  pudiéramos trazar una línea que uniese todos los pasos que en nuestra vida hemos dado, el dibujo resultante de ese trazado sería el de nuestro propio rostro. Se me ocurre suponer con las palabras algo parecido: somos los libros que hemos leído, somos las palabras que no hemos escuchado en vano sino que han entrado en nosotros por grietas inesperadas y se han quedado incorporadas a nuestra alma como un segundo forro que nos ensimismase, que nos protegiese del exterior, a veces tan frío o tan hostil. Tan inclemente.

        ¿Y qué palabras serán ésas? No dudéis de que cada cual tiene las suyas, las que sólo entiende él de otra manera cuando las oye o las recuerda porque no son inertes; tienen un peso específico, hacen sombra y cuando suenan con el tintineo vivaz y escandaloso de unas monedas sueltas, con ellas se levantan de nuevo rostros dados por perdidos, episodios que nos demuestran que sí es verdad que hemos vivido, hemos amado o hemos soñado para creer mejor en este viaje, en esta travesía formidable que es siempre la vida. Vosotros también tenéis las vuestras; estad bien seguros de eso; tenéis un jardín de palabras que os están goteando silenciosamente sobre vuestros adentros y os van afilando poco a poco el pensamiento y los deseos, todo ese amasijo emocional que sustituye a la inocencia y que damos en llamar pomposamente “personalidad”.

Pero cuáles son esas palabras. Y de dónde vienen.

Recuerdo ahora una vieja leyenda rusa, la Leyenda de las palabras primordiales. En ella se contaba que todas las personas tenemos dentro una docena de palabras, no más, que hemos oído en algún espacio durante la primera infancia –esa etapa en que los sentidos todavía no sirven para separarnos de las cosas del mundo- y se han quedado con nosotros rebotando obsesivamente, como moscas atrapadas entre dos cristales. Dice la leyenda que cuando morimos esas palabras vuelven solas de nuevo al espacio de donde salieron. Sólo en dos casos esto no es así: los incorruptos se quedan con ellas pegadas en los huesos –de ahí que no les llegue la pudrición- y los ahogados las dejan en el mar, y así se genera el ronco ruido del oleaje, que según la leyenda rusa no sería más que el misterioso idioma ininteligible de esas palabras, ya irrecuperables.

Ahora quiero que penséis cuáles son vuestras palabras primordiales. Dónde las oísteis por vez primera; qué quieren de vosotros; a qué espacio perdido os remiten. A uno le llevarán al honrado olor caliente de un establo; a otro, al dulce olor del heno en una noche fragante del verano (Eugénio de Andrade, un gran poeta portugués, dijo en un poema para mí memorable: “Un poco de olor a heno / podría alterar el mundo”: yo también creo en eso); a otro tal vez a los rumores de una casa ya desaparecida. Pero en cualquiera de esos espacios o en otros –vosotros sabréis- os han llegado ya palabras que cada cual oyó de manera diferente. Palabras que ya tenéis empastadas en el corazón y que os van a seguir para siempre allá donde vayáis. Hoy os perdemos de vista en el instituto. Nuestra relación inmediata y diaria termina aquí. Pero hay palabras que os seguirán obedientes y tozudas. Sí: Palabras primordiales.

 

         Os contaré, nada más he venido a eso, cuáles fueron mis palabras primordiales. Y dónde las oí. Las primeras fueron en una barbería de una pequeña ciudad. El episodio lo he relatado ya en alguna ocasión y os lo comento a vosotros ahora. Se trata, obviamente, de una experiencia infantil. A mis pocos años, solía yo acompañar a mi abuelo los sábados a la barbería. Eran los tiempos en que las barberías aún parecían templos donde los hombres iban a afeitarse, a hablar recogidamente de política y a opinar de toros. Los parroquianos elegían la barbería no por la pericia del dueño sino por la afinidad con la clientela. Había barberías de chistes verdes, taurófilas, santurronas, gastronómicas, de viudos, republicanas o leales a la causa. Éstas últimas eran las más ruidosas, espoleadas casi siempre por algún combatiente nostálgico que rememoraba tal o cual hazaña pugnando sobre los demás para dejar claro su papel salvador de la Patria, hasta que el barbero se veía obligado a sacudirle un par de brochazos de jabón sobre la misma boca para mantenerlo callado. Yo lo miraba todo fascinado en el establecimiento del señor Del Pozo –así se llamaba el maestro barbero-, donde infaliblemente me mandaban sentar al fondo, en el jardín quemado de los periódicos atrasados, mientras todos se ponían a hablar de aquellas cosas raras y alguno se dejaba afeitar. Estar en silencio ante un espejo y un hombre con navaja era doble ejercicio inquietante, al que los hombres siempre se han sometido con una obediencia tirante. Luego yo mismo supe que era difícil resistir tan cerca la triste lealtad del propio rostro y el frío en la piel de los metales afilados. Espejos y navajas. Verdad y muerte.

         Un día sucedió algo increíble: entramos como de costumbre y mi abuelo se destocó con aquellos ademanes estrictos -mi abuelo era alto y elegante, usaba sombrero y reloj de bolsillo en el chaleco, yo he heredado deliberadamente esa costumbre como un homenaje silencioso a él, y se apoyaba en un bastón que lo hacía más venerable- y me envió como siempre al rincón de los periódicos. Me apliqué a leer, hasta que el barbero quiso sorprenderme. Y vaya si lo consiguió. "Mucho te gusta la lectura, tan pequeño que eres. A ver si me sabes leer esto", y descalzándose de la oreja un cabo de lápiz me escribió algo en un papel. Yo miraba y remiraba aquellas letras grandes y extrañas y él se sonreía. "Ya me extrañaba a mí que tú supieras leer; nos estabas engañando", me decía, mientras el coro de clientes se reía de mí y me animaba burlonamente a descifrar aquel idioma endiablado que yo quería y no quería reconocer. Pasado un rato me llamó a su lado. De espaldas al espejo, entre aquellos sillones de aspecto clínico donde se amarraba al reo indefenso, me hizo sostener extendido aquel papel incomprensible. Luego me mandó girar hasta darle la cara y "lee ahí", me dijo tintineando con el lápiz en el cristal que me duplicaba. Prodigiosamente allí lo ponía todo bien claro y yo respiré a gusto. “Nunca olvides que las palabras tienen revés”, me dijo muy serio y mirándome fijamente el maestro barbero.

         Sí, yo volvía a saber leer. Pero aprendí para siempre que las palabras tienen revés, y que con él pueden designar cada cosa de otra forma sin cambiar de idioma. Sólo se necesita un espejo y una mirada distinta para encender de otra manera el mundo. Fue el primer paso que di hacia la poesía. Creo que aún no he dado más.

         Qué extraño, ¿no? Las palabras, como algunas prendas de vestir, también tienen revés. Quién se lo iba a decir a aquel niño. Quién nos iba a decir a nosotros que a veces, para comunicar radicalmente lo que quieren decir, las palabras deben leerse o escucharse de otra manera. Y, al contrario, hay palabras que son tan estrictamente ajustadas a su significación, tan exactas, tan precisas que terminan por desgastarse y caer en la triste mecánica de las designaciones vacías. De modo que a veces el reino de la exactitud es, curiosamente, el de la opacidad. Pero puede ocurrir lo contrario.

Mis otras palabras primordiales se me aparecieron en una zapatería, la tienda familiar encima de la cual vivíamos. ¡Mis zapateros, los soberanos de lo inmediato, los que eran capaces de mantener una relación directa con las cosas! Todo lo tocaban golosamente con aquellas manos que a mí me parecían gigantescas y sobrehumanas. Y cuando hablaban parecían convocar como en un conjuro abrupto y sensacional las cosas que nombraban.

En esta época nuestra en que vivimos entre vainas, forros, fundas y envoltorios, ¡qué poco llegamos a tocar directamente la realidad! Nos da miedo. O vergüenza. Preferimos la simulación, o, dicho en términos de ahora mismo, la virtualidad, es decir, hacer verdad de los simulacros. También las palabras participan hoy de esa traición. No nombramos directamente lo que queremos porque nos da miedo. Y así, no se matan personas en las guerras actuales: se neutraliza al enemigo; y no hay muertos inocentes sino daños colaterales. La empresa ANTIBIÓTICOS no cierra y manda a la miseria a familias enteras. Simplemente se deslocaliza. La hipocresía se ha adueñado también de los abecedarios de los poderosos. Mis zapateros de entonces jamás lo hubiesen entendido.

De todos ellos querría citar aquí hoy a Agabio Benavides, un zapatero de Villavendimio –un pueblo cerca de Toro: el nombre ya lo delata-  que leía el periódico con avidez mientras fumaba impenitentemente. Agabio Benavides me hablaba de continuo con divertidas esdrújulas que se iba inventando para transformar la música de la lengua en otra cosa. Yo lo escuchaba fascinado e intentaba contestarle también en aquel idioma tan particular, salpicado de piruetas con esa música de lluvia afilada que tienen las palabras esdrújulas. Un día me contó que desde que había descubierto la palabra”taciturno”, para él hermosísima, su vida era otra. “¿Pero eso es verdad, señor Agabio?”, le pregunté yo tras relatarme él un posible episodio inverosímil que le había sucedido en el bar de su pueblo. Me miró despacio y me dio una respuesta que, como el consejo del barbero, todavía no se me ha olvidado: “¿Y para qué quieres la verdad si ya están las palabras?

         Ya veis, por tanto, que desde pequeño me siguieron palabras que yo escuchaba. Tuve a partir de entonces una relación extraña con ellas. Para decirme lo que querían tenían que comportarse como organismos casi extravagantes, de conducta saltarina e imprevista, como esos geniecillos traviesos de los cuentos. O como esas escenas elásticas e inesperadas de nuestros sueños. El lenguaje, sí, podía estirarse, encogerse o adoptar formas distintas. Como un material plástico. A veces esto era necesario para tocar con el dedo de las palabras el corazón de las cosas. Por eso se os hará sencillo entender que el lenguaje en el que caí directamente desde la costumbre de estar entre estas palabras, poco transitables en las relaciones mercantiles de los tratos de los hombres, fuese el de la poesía.

Quiero ahora hablaros un poco de eso. De qué palabras de poemas siguen conmigo desde entonces y para qué me sirvieron. He elegido algunos poemas que se me aparecieron muy pronto. Pertenecen a distintas órbitas, cuatro órbitas como cuatro palos de una sencilla baraja con la que intento jugar cada día la partida de mi vida. A veces gano bazas; a veces, pierdo. A veces soy leal a todo esto; a veces, contradictorio. Pero es igual. Lo importante es seguir jugando con estas cartas, con estos cuatro palos, que son:

 

         LA EXTRAÑEZA.

 

¿Qué es un poeta? Ante todo, alguien que mira de otra manera, se extraña y se rebela contra la fuerza de la costumbre. “La costumbre borra el verdadero rostro de las cosas”, decía allá por el siglo XVI el francés Montaigne. Y es verdad. Domar la mirada es dejar tristemente resignada el alma El poeta es sensible a eso, y procura tener todos los sentidos encendidos siempre. Aunque eso le cueste el distanciamiento, la incomprensión, la extravagancia y hasta a veces, ya veis, la propia vida. “Nada me extraña; todo me asombra”, decía el autor latino Terencio. Y yo quisiera que tomarais como divisa esta sentencia para sentiros siempre vivos. El poeta, sí, es un exiliado, el exiliado de un reino que él sólo es capaz de vislumbrar en un borroso recuerdo; quizás el recuerdo de aquella edad de oro que Don Quijote invocaba.

Su condición mortal y terrestre a veces le enorgullece y a veces le asusta. Quienes hayáis sentido eso alguna vez, sois poetas. No lo dudéis. Nada que ver, ya veis, con esas cosas absurdas de aprender métrica y figuras retóricas. Yo supe todo esto de manera imprevista cuando leí un poema del francés Baudelaire donde se comparaba al poeta con un pájaro magnífico y patoso, capaz de vivir en el aire, sobre las cosas, pero incapaz de manejarse a ras de suelo, entre los hombres. Yo, tan torpe para casi todo, enseguida me dejé seducir por esa figura. El poema se llama

 

EL ALBATROS

 

Suelen, por divertirse, los mozos marineros

cazar albatros, grandes pájaros de los mares

que siguen lentamente, indolentes viajeros,

al barco, que navega sobre abismos y mares.

 

Apenas los arrojan allí sobre cubierta,

príncipes del azul, torpes y avergonzados,

el ala grande y blanca aflojan como muerta

y la dejan, cual remos, caer a sus costados.

 

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!

Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!

Con su pipa hay alguno que el pico le ha quemado,

otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.

 

El poeta es igual… Allá arriba, en la altura,

¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!

Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:

¡sus alas de gigante no le sirven de nada!

 


LA DIGNIDAD

 

He aquí el segundo palo de esta baraja ilusoria. ¿Recordáis? Lo hemos hablado algunas veces en el curso. La palabra “dignidad” es una de las pocas palabras incuestionables. Es curioso porque su condición abstracta la hace casi inaprensible; y, sin embargo, aunque nos costara definirla con límites precisos, todos sabemos qué es y adónde nos lleva.

Entre tantos poemas que tienen a la dignidad como motivo, elijo éste que me acompaña desde que lo encontré, a vuestra edad más o menos. Lo hemos leído en clase y sé que alguno o alguna lo ha copiado a hurtadillas, porque me fijé. Eso bastó para quedarme tranquilo durante todo aquel día. Quién sabe si alguno de vosotros no halló entonces algunas de sus palabras primordiales. El poema se llama: “Peregrino” y lo escribió Luis Cernuda a modo de respuesta, cuando se le invitaba tentadoramente a volver a España, por entonces un verdadero solar vacío de intelectuales y artistas que no habían querido sentirse cómplices de la dictadura de Franco. Pero Cernuda prefiere seguir solo y libre, aun padeciendo las estrecheces propias de un desarraigado, antes que aceptar honores de quienes ocuparon por la fuerza su patria. Ojalá, como él, sepáis distinguir la fuerza (ese concepto ambiguo y poco recomendable) de la entereza, que es otra cosa. El poema dice así:

PEREGRINO

 

¿Volver? Vuelva el que tenga,

Tras largos años,  tras un largo viaje,

Cansancio del camino y la codicia

De su tierra, su casa, sus amigos,

Del amor que al regreso fiel le espere.

 

Mas ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,

Sino seguir libre adelante,

Disponible por siempre, mozo o viejo,

Sin hijo que te busque, como a Ulises,

Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

 

Sigue, sigue adelante y no regreses,

Fiel hasta el fin del camino y tu vida,

No eches de menos un destino más fácil,

Tus pies sobre la tierra antes no hollada,

Tus ojos frente a lo antes nunca visto.


         LA SOLIDARIDAD.

 

Uno de los anclajes del arte y el pensamiento del siglo XX es el descubrimiento de “el otro”. ¿Y quién es ese “otro”? Podría ser cualquiera. Incluso cada cual albergamos un “otro” (o “muchos otros”, quién lo sabe) dentro. “Porque yo es otro”, dejó dicho el poeta Rimbaud, y en ese puñadito de palabras está definido ya el problema de la identidad, una de las constantes que generan multitud de obras artísticas y literarias durante todo el pasado siglo. Todos somos necesarios; todos, insustituibles; ninguno imprescindible. Es una lección democrática de humildad que entendió el más atormentado poeta en lengua hispana del siglo XX: el peruano César Vallejo. Hemos leído ¡y hasta representado con sombras sobre un lienzo blanco! este poema que habla de eso precisamente, de que sólo con la solidaridad puede llegar a vencerse incluso la muerte:

 

MASA

 

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Se le acercaron dos y repitiéronle:

“¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”.

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil

clamando: ”¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Le rodearon millones de individuos

con un ruego común: “¡Quédate hermano!”

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar…


LA ALEGRÍA

 

Pero por encima de todos los valores y de todas las actitudes posibles, está la obligación de la alegría. La misión del poeta –ese exiliado torpe y siempre a contracorriente- es celebrar la vida. Pero celebrarlo todo. Honrar la existencia cantando. No podría entenderse de otra manera el sentido de estar aquí como una pausa entre dos relámpagos, que eso es lo que dura la vida. Estar y ya no estar. Ver y ya no ver. Y, mientras tanto, la alegría. A mí me enseñó a ser así un gran poeta al que tuve la fortuna de tratar. Fui su amigo, creo. Se llamaba Claudio Rodríguez y es sin duda una de las grandes voces poéticas de la literatura de todos los tiempos. Él nos enseña en su poesía –que deberíais leer como un hermoso manifiesto contra el desaliento- a considerar la alegría de estar vivos por encima de todo lo demás. Elijo este poema que tantas veces y en tantas situaciones me he repetido a mí mismo

 

LO QUE NO ES SUEÑO

 

Déjame que te hable, en esta hora

de dolor, con alegres

palabras. Ya se sabe

que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,

curan a veces. Pero tú oye, déjame

decirte que, a pesar

de tanta vida deplorable, sí,

a pesar y aun ahora

que estamos en derrota, nunca en doma,

el dolor es la nube;

la alegría, el espacio;

el dolor es el huésped;

la alegría, la casa.

Que el dolor es la miel,

símbolo de la muerte, y la alegría

es agria, seca, nueva,

lo único que tiene

verdadero sentido.

Déjame que, con vieja

sabiduría, diga:

a pesar, a pesar

de todos los pesares

y aunque sea muy dolorosa, y aunque

sea a veces inmunda, siempre, siempre

la más honda verdad es la alegría.

La que de un río turbio

hace aguas limpias,

la que hace que te diga

estas palabras tan indignas ahora,

la que nos llega como

llega la noche y llega la mañana,

como llega a la orilla

la ola:

irremediablemente.

 

_______________________________

 

Vamos terminando. Quisiera hacerlo añadiendo algo más de boca ajena, que ha sido el truco constante de esta charla para no caer en desastres. Hace unas cuantas tardes tuve la ocasión de escuchar una disertación a Claudio Guillén, el hijo del poeta del 27 Jorge Guillén. En un momento dado, hizo una observación que a su vez había recogido del filósofo Julián Marías (ya veis que no hago más que repetir y repetir palabras de otros en este discurso que es como un café de recuelo). Era sobre la diferencia entre los conceptos de “individuo” y “persona”. Todos somos individuos, decía el profesor Guillén, pero persona es sólo aquél que tiene “un proyecto”. No precisamente un proyecto económico, profesional… Otra cosa: un espacio propio, aquel jardín del que os hablaba yo antes y donde quizás quepan también unas cuantas palabras primordiales como las de la leyenda rusa. Yo querría que tuvierais todos ese proyecto, o sea, que fuerais personas y no solamente individuos. También querría que en vuestro proyecto estén unas cuantas palabras primordiales. Buscadlas, seguro que os están esperando. Ellas no fallan nunca. Siempre acompañan.  Quien sabe si alguien no ha encontrado alguna esta tarde. Eso bastaría para dar sentido a esta cariñosa intervención que en nombre de todos mis compañeros, profesores vuestros, os he querido dedicar.

Muchas gracias por haber sido así todo este año. Por haber sido así también en este rato que hemos compartido.