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Quizá lo más llamativo del Antiguo Egipto, para las
culturas posteriores, aparte las pirámides y los misteriosos saberes, sean sus
momias.
Todo parece indicar un desmedido culto a la muerte, al
más allá, a la oscuridad del templo y la tumba; sin embargo, tanto los escritos
como el arte nos indican lo contrario.
Si bien es cierto que el culto a los Dioses está presente
en todo, la religión no impide el deleite, el placer y la diversión.
Las tumbas de los reyes nos hablan de su poder, de sus
victorias, de su culto a los Dioses (no olvidemos que el rey es también un dios);
tan solo durante el periodo de Amarna parece "humanizarse" el arte
funerario.
Libres de las cargas y deberes del rey, y tras un
profundo cambio de mentalidad ocurrido ya en el Primer Periodo Intermedio, los
nobles y altos funcionarios decoran sus tumbas con escenas alegres de sus
vidas:
Sus mujeres, sus hijos, la caza, los banquetes, el juego
senet, las múltiples formas de vida con las que Hapi regala a Khemet, todo
inmortalizado para que acompañe al difunto por toda la eternidad.
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Para las culturas anteriores, la muerte conduce a un
mundo oscuro y triste, nada importa lo que hayas hecho durante la vida.
La primera religión que tiene en cuenta los hechos de la
vida para el castigo o premio eterno, después de la muerte, es la khemita.
Ni siquiera el dios vivo, hijo de Ra y encarnación de
Horus, está libre del juicio en la Sala de las Dos Verdades.
Pero, ¿por qué convertir la nación en un inmenso
cementerio?
¿Por qué la momificación del cadáver?
La momificación está basada en la leyenda de Osiris:
Seth descuartiza su cuerpo para impedir su resurrección
(este hecho implica un conocimiento cultural anterior) y es Isis quien reúne
los trozos y recompone el cuerpo, lo venda y le devuelve el hálito de vida en
la que se considera como primera Ceremonia de Apertura de la Boca.
Las partes en que se compone el ser individual son Jat,
Ib, Ka, Ba, Ju, Sejem, Sah, Ren y Jaibit.
El Jat es el cuerpo.
En el momento de la muerte es el espíritu, Ba, el que
vuela hacia los Dioses.
El Ka es la forma intermedia relacionada por algunos con
la sombra (Jaibit)).
El Ib es el corazón, sede de la mente, sentimientos, de
la vida física en sí.
El cuerpo con el corazon, deben permanecer incorruptos
para que la individualidad de la persona no desaparezca.
Ju es la inteligencia.
Sah es el cuerpo espiritual.
Ren es el nombre, sin el cual nada puede existir.
Sejem es el poder que mantiene unidos todos los elementos
que forman el conjunto.
Así la tumba pasa a ser el hogar del Ka, el cuerpo es su
morada.
Las estatuas del difunto están presentes por si el cuerpo
desaparece.
Las pinturas sirven para recordar los buenos momentos de
la vida.
Este es el motivo principal del arte funerario egipcio.


Ante todo, no olvidemos que mucho antes del
descubrimiento de los métodos de momificación, el clima y la arena de Khem se
encargaban de ello.
Existen multitud de cadáveres del cuarto milenio
momificados de forma natural, sin tratamiento alguno.
Fueron enterrados en posición fetal, envueltos en esteras
o pieles de cobra.
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Por otro lado, en Deir el Bahri, en la necrópolis de
Tebas, se descubrió una fosa común con casi un centenar de soldados muertos en
combate; seguramente pertenecían al ejército de Mentuhotep (XI Dinastía).
Murieron bajo una lluvia de flechas; algunos aparecían
aún atravesados por los dardos que hicieron famosas a las formaciones de
arqueros egipcios.
Tal vez sus órdenes eran sofocar la rebelión de algún
noble que no cumplía con su deber para con el Rey.
Ninguno de estos cadáveres presenta incisiones que demuestren
el vaciado de los órganos fácilmente corruptibles; sin embargo, estos cuerpos
están perfectamente conservados.




Este trabajo era realizado por sacerdotes especializados.
Aunque su trabajo era esencial para la mentalidad
religiosa egipcia, estos sacerdotes no eran bien vistos por la población en
general que los relacionaba directamente con la muerte.
Una vez han desaparecido los signos de vida, los
familiares entregan el cuerpo a los sacerdotes para su momificación.
En los casos de mujeres agraciadas físicamente, se
esperaba a que aparecieran los primeros síntomas de putrefacción, pues se
dieron casos (perfectamente documentados) de necrofilia.
Lo que sabemos de las técnicas se debe en especial al
historiador griego Herodoto.
Este diferenció tres clases de momificación.
Estudios posteriores realizados en las momias han
revelado muchas incógnitas.
Veamos qué nos comenta el griego (recordemos que se trata
de un relato realizado en época reciente):
Cuando en alguna casa muere un hombre de cierta
categoría, todas las hembras se cubren de barro la cabeza y la cara, y luego de
dejar el cadáver en la vivienda, recorren la ciudad junto con los parientes del
difunto, golpeándose el corazón, llevando las faldas arremangadas y los pechos
al aire.
También los hombres se golpean el pecho y se remangan.
Cuando todo esto ha terminado, se llevan el cadáver al
embalsamatorio.
Allí se hace cargo de él un equipo de gentes
especializadas que cuando se hallan ante el cadáver muestran a los parientes
varios tipos en forma de maniquíes de madera pintada imitando los colores
naturales.
Y les dicen: Tal vez pueda interesarles este modelo, que
es el más lujoso (se trata de Osiris) pero no me atrevo a pronunciar su nombre.
Luego les presentan uno de otra clase más ordinario y
económico, y por fin un tercero que es el más barato de todos.
Una vez concluida la propaganda, piden a los parientes
cuál de estos tratamientos desean para su difunto, y cuando unos y otros se han
puesto de acuerdo en el precio, se vuelven a la casa los familiares, dejando el
muerto en manos de los embalsamadores.
He aquí cómo se realiza el embalsamamiento más suntuoso:

Primeramente, sirviéndose de un gancho de hierro que
introducen por las ventanas nasales, extraen el cerebro, pero no en su
totalidad, pues una parte de él queda disuelto por las substancias medicinales
que se inyectan.

Seguidamente, con un afilado cuchillo de piedra cortante
de Etiopía se practica al cadáver una incisión en el flanco y le sacan las
vísceras.
Y cuando se las han limpiado y rociado con vino de palma,
las pulverizan con especias molidas.

Luego rellenan el vientre con mirra pura triturada,
finísima casia y toda clase de sahumerios, excepto incienso, y lo vuelven a
coser.

Después lo sumergen en un recipiente lleno de natrón (una
solución de carbonato sódico), dejándolo allí por espacio de setenta días, pero
no más, pues de lo contrario la sosa atacaría demasiado la carne.

Pasado este tiempo se saca de nuevo el cuerpo, lo lavan
bien, y le llenan el vientre con serrín de madera.



Los operadores juntan fuertemente las piernas del
cadáver, lo cruzan de brazos, procediendo acto seguido a envolverlo totalmente,
cara inclusive, con un sin fin de vendas impregnadas de goma que los egipcios
usan generalmente en lugar de cola.





Entonces los deudos se llevan el cadáver a casa y lo
meten dentro de un ataúd de madera de forma humana, y cuando ya está dentro del
féretro, lo arriman de pie contra la pared en la habitación del difunto.

Éste es el método más caro de preservación del cadáver.
Pero el muerto de los que no quieran gastar tanto y
escojan el segundo modelo, debe contentarse con el tratamiento siguiente:
Los embalsamadores llenan unas jeringas con aceite de
cedro que inyectan en el cuerpo, pero sin practicarle ninguna incisión ni
retirarlos intestinos, sino que lo introducen por el orificio anal que luego
obstruyen para evitar la salida del aceite.
Después de esta manipulación permanece el cuerpo en el
natrón los días correspondientes, y al final de este período dejan que se
escurra el aceite, el cual ha tenido la virtud de disolver el estómago y las
entrañas y los arrastra consigo.
Mientras tanto la carne ha sido también atacada en gran
parte y disuelta por la sosa, de modo que el cadáver se ha quedado casi en la
piel y los huesos.
Cuando esto sucede, devuelven el cadáver a la familia y
no se preocupan de él.
El embalsamamiento de tercera clase al que recurren los
menos afortunados, es el siguiente:
Le limpian las tripas a fuerza de lavativas, lo adoban
con natrón durante los consabidos setenta días, lo secan al sol y sin más
requisitos se devuelve a la familia.
Pero cuando fallecen las esposas de los altos personajes,
sobre todo si han sido bonitas y pueden ser objeto de deseo, no se entregan inmediatamente
para su embalsamamiento, sino que se dejan pasar tres o cuatro días, o sea
hasta que aparecen los primeros síntomas de putrefacción, y luego se entrega el
cadáver a los embalsamadores, pues se supone que entonces ya no corren peligro
de que abusen de ellas.
Si un egipcio, o incluso un extranjero, es despedazado
por un cocodrilo o muere en el río, entonces los habitantes de la ciudad a
cuyas orillas ha ido a parar el cadáver deben embalsamarlo, adornarlo luego lo
mejor que les sea posible y enterrarlo en tierra bendita.
Nadie tiene derecho a tocarlo, ni sus familiares ni sus
amigos.
Los sacerdotes del Nilo lo sepultan de su propia mano,
como si fuera algo más que un cadáver humano.
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